¿Cuánto de lo que haces en consulta es conocimiento... y cuánto es costumbre?
La rutina también toma decisiones por nosotros
Todos los profesionales desarrollamos hábitos. Es una consecuencia natural de la experiencia. Después de valorar cientos de hombros dolorosos, lumbalgias o tendinopatías, muchas decisiones empiezan a surgir de forma automática. Sabemos qué preguntas hacer, qué pruebas realizar y qué estrategias suelen funcionar con mayor frecuencia.
La experiencia es una ventaja enorme. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre aquello que hacemos porque el paciente lo necesita y aquello que hacemos simplemente porque siempre lo hemos hecho así.
No siempre es fácil reconocer esa diferencia.
La experiencia mejora el razonamiento… pero también puede hacerlo más rígido
Con frecuencia pensamos que los sesgos afectan únicamente a los profesionales con poca experiencia. Sin embargo, la práctica clínica demuestra que cuantos más años llevamos trabajando, más fácil resulta automatizar determinadas decisiones.
Empezamos a explorar siempre las mismas estructuras, repetimos las mismas preguntas durante la anamnesis o proponemos tratamientos muy similares para pacientes que comparten un diagnóstico.
No ocurre porque trabajemos mal. Ocurre porque el cerebro busca eficiencia. Automatizar procesos reduce el esfuerzo mental y agiliza la toma de decisiones. El inconveniente es que, si dejamos de cuestionar esas rutinas, podemos pasar por alto información relevante.
La experiencia debería ayudarnos a reconocer patrones, no a dejar de observar las diferencias.
El «siempre lo he hecho así» rara vez es un argumento clínico
Muchas intervenciones se mantienen durante años en la práctica diaria porque, en algún momento, funcionaron razonablemente bien. Sin embargo, una estrategia que resulta útil en determinados pacientes puede perder sentido cuando las circunstancias cambian o cuando aparecen nuevas formas de comprender el problema.
Preguntarse por qué realizamos una determinada prueba o por qué elegimos una intervención concreta no significa poner en duda nuestra experiencia. Significa asegurarnos de que nuestras decisiones siguen respondiendo al paciente actual y no al que tratábamos hace diez años.
Las mejores consultas no son aquellas donde nunca cambia la forma de trabajar. Son aquellas donde las rutinas se revisan con la misma frecuencia con la que se actualiza el conocimiento.
No todo lo que repetimos forma parte del razonamiento clínico
Existe una diferencia importante entre un procedimiento y un razonamiento.
Un procedimiento puede repetirse de forma idéntica una y otra vez. El razonamiento clínico, en cambio, debería adaptarse continuamente a la información que aporta cada paciente.
Eso implica estar dispuesto a modificar nuestras hipótesis durante la valoración, abandonar explicaciones que no encajan con la evolución clínica o reconocer que una intervención inicialmente prevista quizá ya no sea la más adecuada.
En este sentido, el razonamiento no consiste en confirmar lo que pensamos al inicio de la consulta, sino en permitir que la información obtenida cambie nuestra forma de interpretar el caso.
Esa integración de anatomía, fisiología, neurobiología y contexto constituye la base de un enfoque clínico verdaderamente integrador, donde el objetivo no es sustituir unas técnicas por otras, sino ampliar la forma de comprender al paciente.
La mejor pregunta no siempre es «¿qué más puedo aprender?»
La formación continua suele centrarse en incorporar nuevos conocimientos. Es una parte imprescindible del desarrollo profesional, pero existe otra pregunta igual de importante y que formulamos con mucha menos frecuencia: ¿qué cosas sigo haciendo sin haberlas vuelto a cuestionar?
Responder a esa pregunta puede resultar incómodo, porque implica revisar hábitos muy consolidados. Sin embargo, también representa una oportunidad para crecer como clínicos.
En muchas ocasiones, la evolución profesional no llega al aprender una técnica nueva, sino al descubrir que una decisión que considerábamos automática necesitaba volver a analizarse. Ese cambio de perspectiva es precisamente uno de los objetivos del Curso de Neurobiología Cuerpo-Mente, donde el razonamiento clínico se construye integrando diferentes disciplinas y cuestionando modelos excesivamente simplificados.
El conocimiento evoluciona; nuestras decisiones también deberían hacerlo
La práctica clínica está llena de decisiones que parecen pequeñas: una pregunta durante la anamnesis, una prueba que decidimos realizar o una intervención que elegimos antes que otra. Sin embargo, son precisamente esas decisiones cotidianas las que terminan definiendo nuestra forma de trabajar.
Por eso, quizá una de las habilidades más valiosas de un profesional sanitario no sea únicamente mantenerse actualizado, sino conservar la capacidad de revisar sus propias costumbres. No para abandonar todo lo aprendido, sino para asegurarse de que cada decisión sigue teniendo un fundamento clínico y no responde únicamente a la inercia de la experiencia.
Al final, la diferencia entre conocimiento y costumbre no siempre está en lo que hacemos, sino en si todavía somos capaces de explicar por qué seguimos haciéndolo. Esa forma de entender el razonamiento clínico también se desarrolla en Neurobiología Cuerpo-Mente, donde el aprendizaje comienza cuestionando nuestras propias certezas antes que acumulando nuevas respuestas.

