¿Hasta qué punto seguimos atrapados en un modelo biomédico que no explica el sufrimiento?
El fisioterapeuta actual se enfrenta con frecuencia a pacientes que no encajan en el modelo clásico de patólogo-tratamiento-recuperación. Vienen con diagnósticos estructurales claros, tratamientos bien realizados y, sin embargo, siguen presentando dolor, disfunción o fatiga persistente. La pregunta que emerge en consulta no es sólo «qué más puedo hacer», sino «qué estoy pasando por alto». Este artículo propone una reflexión sobre los límites del modelo biomédico clásico y la necesidad de ampliar el razonamiento clínico hacia una visión más integradora.
¿Por qué hay pacientes que no mejoran a pesar de un abordaje correcto?
Desde una perspectiva clásica, si el tratamiento es correcto y el diagnóstico preciso, debería haber mejoría. Sin embargo, cada vez es más habitual ver casos en los que, incluso tras intervenciones mecánicas o farmacológicas acertadas, el paciente sigue expresando sufrimiento físico y emocional.
Este «bloqueo terapéutico» puede reflejar una desconexión entre el enfoque biomédico y las verdaderas variables que sostienen el síntoma. Muchas veces, el tejido ha dejado de ser el protagonista: lo es ahora el sistema nervioso, el entorno, las experiencias previas y el significado que el paciente otorga a su dolencia.
El sistema nervioso central como modulador del sufrimiento
Desde la neurobiología, sabemos que el dolor no es una señal directa del daño, sino una experiencia construida por el cerebro a partir de múltiples inputs sensoriales, contextuales y emocionales. Esta construcción puede mantenerse incluso cuando el tejido ha sanado.
La hipervigilancia, la disociación cuerpo-mente, la alteración del sistema nervioso autónomo y la falta de seguridad contextual pueden cronificar un cuadro que, en teoría, ya no tiene razones estructurales para persistir.
Trabajar sobre los patrones neurovegetativos, el tono vagal, la variabilidad de la frecuencia cardíaca o la percepción interoceptiva del paciente se vuelve entonces tan relevante como la técnica aplicada. Muchos de estos enfoques se desarrollan en el programa de Neurobiología Cuerpo-Mente de Re-Integra, donde se profundiza en la relación entre regulación autonómica, memoria corporal y clínica cotidiana.
Cuándo la biomecánica no explica el síntoma
Uno de los grandes retos actuales es discernir cuándo un síntoma tiene correlato técnico-biomecánico y cuándo estamos ante una manifestación de otro orden. Esto no significa invalidar la biomecánica, sino ponerla en su lugar dentro de un esquema más amplio.
Muchos trastornos musculoesqueléticos persistentes presentan pruebas de imagen «positivas» pero clínicamente irrelevantes. En otros casos, las pruebas son normales, pero el dolor es discapacitante. La explicación ya no puede buscarse solo en los tejidos: hay que mirar la historia de vida, el estado neuroinmunológico y el contexto emocional.
El cuerpo como espejo del conflicto interno
En consulta, no es raro observar zonas corporales que no responden a la terapia hasta que se abordan aspectos no conscientes vinculados al conflicto, la identidad o el miedo. Esto se traduce clínicamente en áreas hipo o hiperreactivas al tacto, respuestas vegetativas alteradas o disociación sensorial.
El cuerpo habla a través del tono, la postura, la mirada o la respiración. Aprender a escuchar estas dimensiones exige un cambio de mirada: no es solo palpar, sino percibir.
El estilo de vida como agente perpetuador o modulador del síntoma
Malos hábitos de sueño, alimentación inflamatoria, sedentarismo o sobreexigencia pueden actuar como factores de cronificación. El sistema nervioso necesita coherencia para autorregularse, y esto no siempre se consigue con una buena técnica manual si el entorno del paciente sigue siendo hostil.
Explorar el día a día del paciente, sus rutinas, su carga de estrés o su percepción de seguridad es tan terapéutico como realizar una buena terapia miofascial.
Razonamiento clínico integrador: ni reduccionismo ni ambigüedad
Una mirada integradora no implica abandonar el rigor, sino ampliarlo. Se trata de sumar dimensiones al razonamiento, no de sustituirlo por intuiciones vagas. El fisioterapeuta que aprende a integrar la evaluación técnica con la escucha corporal, el contexto de vida y la fisiología del sistema nervioso está mejor preparado para abordar la complejidad.
El uso de tests objetivos, la revaloración constante y la capacidad de adaptación terapéutica son pilares que no deben perderse, pero tampoco pueden ser los únicos. Lo integrador comienza por lo clínico, y lo clínico necesita comprender más allá del tejido.
Conclusión: hacia una fisioterapia que acoja el sufrimiento humano
El modelo biomédico ha sido y sigue siendo esencial para comprender la fisiopatología. Pero, en soledad, resulta insuficiente para abordar el sufrimiento humano que se presenta en consulta. Los síntomas persistentes, las disfunciones sin causa aparente y la complejidad adaptativa del paciente requieren una mirada más amplia, que contemple el cuerpo, la mente, el contexto y la historia.
Integrar nuevas competencias clínicas, como las que se exploran en el programa de Neurobiología Cuerpo-Mente en FisioCampus, permite al profesional moverse con más fluidez en la incertidumbre, sin perder rigor ni humanidad.
La fisioterapia del futuro, ya en marcha, no es la que encuentra una lesión, sino la que entiende al paciente. Ahí es donde el sufrimiento se transforma en posibilidad terapéutica.

