La ciencia no elimina los sesgos del terapeuta
Conocer más evidencia no siempre significa tomar mejores decisiones
La práctica basada en la evidencia ha supuesto uno de los mayores avances de las últimas décadas. Hoy disponemos de más estudios, revisiones sistemáticas y guías clínicas que nunca. Tenemos acceso inmediato a la literatura científica y una enorme cantidad de información para fundamentar nuestras decisiones.
Sin embargo, hay algo que la ciencia, por sí sola, no puede hacer: impedir que interpretemos esa información a través de nuestros propios sesgos.
Porque antes de aplicar la evidencia, primero tenemos que interpretarla. Y esa interpretación siempre está influida por nuestra experiencia, nuestras creencias y la forma en que entendemos la salud y la enfermedad.
No vemos al paciente como es; lo vemos como hemos aprendido a verlo
Cada formación deja una huella en nuestra manera de razonar. Es inevitable. Aprender un nuevo modelo clínico nos ayuda a identificar aspectos que antes pasaban desapercibidos, pero también puede hacer que empecemos a explicar demasiados pacientes desde esa misma perspectiva.
Después de profundizar en biomecánica, tendemos a buscar alteraciones del movimiento. Si nuestra formación se centra en el dolor persistente, prestamos más atención a los mecanismos de sensibilización. Si dedicamos tiempo a la medicina del estilo de vida, empezamos a valorar con mayor frecuencia el sueño, el estrés o la alimentación.
Ninguno de estos enfoques es incorrecto. El problema aparece cuando uno de ellos deja de ser una herramienta para convertirse en la única forma de interpretar lo que ocurre en consulta.
La evidencia responde preguntas, pero no decide por nosotros
Existe la tendencia a pensar que la evidencia científica ofrece respuestas definitivas para cualquier situación clínica. En realidad, la mayoría de los estudios responden preguntas muy concretas: si una intervención es más eficaz que otra, qué dosis produce mejores resultados o qué factores se asocian con una determinada condición.
El paciente que entra en consulta, sin embargo, rara vez se parece al participante medio de un ensayo clínico.
Tiene una historia personal, expectativas, experiencias previas, hábitos de vida y un contexto social que no siempre aparecen reflejados en los artículos científicos. Por eso, aplicar la evidencia no consiste únicamente en conocer los resultados de una investigación, sino en decidir cómo integrarlos con la realidad de la persona que tenemos delante.
Ese proceso sigue dependiendo del juicio clínico. Y el juicio clínico nunca está completamente libre de sesgos.
El sesgo más difícil de detectar es el propio
Resulta relativamente sencillo identificar los errores de razonamiento de otros profesionales. Mucho más complicado es reconocer los nuestros.
Todos tendemos a buscar información que confirme nuestras hipótesis iniciales, a recordar con mayor facilidad los casos que respaldan nuestras creencias y a otorgar más importancia a aquello con lo que estamos más familiarizados.
No se trata de una falta de rigor. Es una característica del funcionamiento normal del cerebro.
Precisamente por eso, una de las habilidades más importantes del razonamiento clínico consiste en preguntarse, de forma deliberada: «¿Qué información podría demostrar que mi hipótesis es incorrecta?»
Ese cambio de enfoque reduce el riesgo de construir tratamientos alrededor de nuestras convicciones en lugar de hacerlo alrededor de las necesidades reales del paciente.
Pensar científicamente también implica cuestionarse a uno mismo
Con frecuencia asociamos el pensamiento científico con leer artículos, conocer la evidencia más reciente o aplicar guías clínicas actualizadas. Todo eso es imprescindible, pero representa solo una parte del proceso.
Pensar científicamente también significa aceptar que nuestras explicaciones son provisionales y que pueden modificarse cuando aparece nueva información. Significa estar dispuesto a cambiar de opinión, incluso cuando una idea nos ha acompañado durante años de práctica clínica.
Ese ejercicio de revisión constante es uno de los pilares de una visión integradora y crítica del razonamiento clínico, donde el objetivo no es sustituir un modelo por otro, sino desarrollar la capacidad de integrar distintas disciplinas sin convertir ninguna de ellas en una explicación universal.
La mejor pregunta no es «¿qué dice la evidencia?», sino «¿cómo la estoy interpretando?»
La evidencia científica seguirá evolucionando, aparecerán nuevos estudios y muchas recomendaciones cambiarán con el tiempo. Esa es precisamente una de las fortalezas de la ciencia: su capacidad para revisarse y corregirse continuamente.
Quizá los profesionales que mejor se adapten a ese cambio no sean quienes memoricen más artículos, sino quienes mantengan una actitud crítica también hacia su propia forma de razonar. Reconocer que todos tenemos sesgos no debilita la práctica clínica; la hace más honesta y, probablemente, más precisa.
Porque la ciencia puede ayudarnos a tomar mejores decisiones, pero no puede pensar por nosotros. Esa integración entre evidencia, juicio clínico y comprensión de la complejidad del paciente constituye uno de los ejes del Curso de Neurobiología Cuerpo-Mente, así como de la formación Neurobiología Cuerpo-Mente, donde el razonamiento clínico se entiende como un proceso dinámico, abierto a la revisión y alejado de respuestas únicas.

