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¿Por qué ciertos pacientes no “sienten” su cuerpo? Claves desde la disociación neurofisiológico

En consulta, no es raro encontrarse con pacientes que, al preguntarles «¿Qué sientes aquí?», responden con un honesto: «No lo sé». O que al aplicar una técnica manual suave, no perciben ningún cambio. O que incluso se sorprenden al descubrir zonas doloridas que parecían «desconocidas» para ellos. Esta desconexión corporal, más frecuente de lo que pensamos, plantea una pregunta clínica crucial: ¿qué sucede en el sistema nervioso cuando un paciente no logra sentir su propio cuerpo?

Desde una visión integradora, esta experiencia de «no sentir» no es solo una cuestión psicológica, sino un fenómeno con raíces neurobiológicas claras. Comprender esta disociación permite al fisioterapeuta ajustar su intervención, y muchas veces dejar de «hacer» para comenzar a «leer» y «escuchar». La capacidad de observar y esperar puede convertirse en la herramienta terapéutica más potente cuando el cuerpo del paciente no está listo para sentir.

¿Cómo se expresa la disociación corporal en consulta?

La disociación puede presentarse de diversas maneras. Algunos pacientes no localizan su dolor, lo refieren de forma imprecisa o cambiante. Otros sienten su cuerpo como «flotante», desconectado, o lo describen como si no les perteneciera. Hay quienes, a pesar de tener contracturas o restricciones evidentes, no refieren molestia alguna.

En términos clínicos, esto se traduce en una pobre interocepción: una disminución en la capacidad de registrar lo que ocurre dentro del cuerpo. Esta alteración suele ir acompañada de patrones respiratorios altos, movimientos torácicos rígidos, y escasa modulación del tono muscular ante el contacto manual. También es frecuente encontrar una escasa conciencia postural, con patrones motores poco económicos y compensaciones innecesarias.

¿Cuál es el origen neurobiológico de esta desconexión?

Desde la neurobiología cuerpo-mente, la disociación es una estrategia de supervivencia. Cuando el sistema nervioso detecta que no puede gestionar una experiencia (emocional, física o sensorial), opta por «apagar» esa percepción. Esta desconexión afecta tanto a nivel cortical como subcortical, especialmente en estructuras del tallo cerebral encargadas de integrar los estímulos internos y externos.

En muchos casos, estos pacientes presentan una escasa variabilidad de la frecuencia cardíaca, pobre reactividad del pulso a los estímulos suaves y ausencia de reflejos neurovegetativos esperados (como el oculocardíaco o celíaco). Es decir, su sistema está activado, pero desconectado: hiperalerta, pero sin capacidad de sentir.

Esto puede estar relacionado con experiencias tempranas donde el cuerpo aprendió que sentir era inseguro. Situaciones como partos traumáticos, ausencia de contacto afectivo en la infancia o eventos de alta carga emocional no resueltos pueden haber dejado una huella en el sistema nervioso. El resultado: un cuerpo que funciona, pero no se siente.

¿Cómo abordarlo desde la fisioterapia integradora?

El primer paso es reconocer que «no sentir» ya es una señal valiosa. Nos indica que el sistema necesita tiempo, seguridad y estímulos adecuados para volver a registrar. En estos casos, menos es más. El contacto sutil, sostenido y rítmico puede ser más efectivo que una técnica invasiva.

Explorar campos receptores con herramientas como el oxímetro o el monitor de variabilidad de la frecuencia cardíaca permite identificar qué zonas están desconectadas. Aplicar oscilaciones suaves en el cráneo, el abdomen o los pliegues del cuerpo puede reactivar esas áreas dormidas. En particular, las zonas con mayor densidad de receptores intersticiales (como la frente, el epigastrio o el pliegue inguinal) suelen ser clave.

También es recomendable observar reflejos neurovegetativos durante el tratamiento: suspiros, bostezos, movimientos oculares rápidos o tragar espontáneamente son signos de que el sistema está procesando y saliendo de un estado de congelamiento.

Es fundamental acompañar al paciente en ese proceso de reconexión, sin forzar, permitiendo que emerja la sensación corporal desde dentro. Muchas veces, cuando el sistema comienza a percibir de nuevo, también emergen emociones o recuerdos. El fisioterapeuta debe estar preparado para sostener ese espacio, validando la experiencia sin interpretarla, y permitiendo que el cuerpo guíe.

¿Cuándo derivar o complementar con otros abordajes?

Cuando la disociación es muy marcada, o se acompaña de bloqueos emocionales profundos, puede ser necesario derivar a un profesional de la salud mental o integrar el trabajo con psicoterapia corporal. El trabajo en equipo multiplica los resultados y protege al paciente.

La colaboración interdisciplinaria permite que el paciente se sienta contenido desde distintas esferas, y que el abordaje terapéutico sea coherente y complementario. A veces, un trabajo corporal bien hecho puede facilitar la apertura emocional; otras veces, una contención psicológica adecuada puede permitir que el cuerpo vuelva a ser habitado.

Sentir es volver a habitar el cuerpo

En definitiva, la disociación no es un obstáculo, sino una invitación a escuchar más profundamente. A veces, el camino hacia la mejoría no empieza con el «hacer», sino con el «permitir sentir». Recordemos que sentir no es solo registrar dolor o tensión: es también recuperar el contacto con uno mismo, con el entorno y con la vida cotidiana.

Muchos de estos enfoques se trabajan de forma más profunda en el programa de Neurobiología Cuerpo-Mente, donde se aprende a mirar más allá del síntoma físico y entender al paciente en su totalidad.

Enero 05, 2026

Enero 05, 2026

Albi